Turismo desde nuestro Residencial: La Unión, un cuarto siglo recordando a sus últimos mineros

El pueblo murciano de La Unión, muy próximo a las instalaciones del Residencia de Destinos del Grupo Montepío tiene en Los Alcázares, revive en su Parque Ecomuseo Minero en Sierra Cartagena una rica historia obrera que engancha a muchos trabajadores del carbón asturianos, por su diversidad y por supuesto por los ciertos paralelismos sociales que arroja con las nuestras esta comarca, que en 1990 dijo adiós a sus explotaciones, después de siglos de actividad, y sin poder abrazar por sus heridas ambientales el nuevo maná del turismo

 

La minería deja una huella indeleble sobre el territorio, la sociedad, su cultura y sus tradiciones. Esto es innegable. Ya ha pasado casi un cuarto de siglo desde que en La Unión, municipio murciano, muy próximo a las instalaciones que el Montepío de la Minería Asturiana tiene en Los Alcázares, cerrasen todas sus minas, poniendo fin a más de siglo y medio de actividad industrial, en algunos casos, y salvando por supuesto el distinto clima y geología, con notables paralelismos con algunos valles carboneros asturianos, sobre todo en aquellos aspectos relativos al deterioro del paisaje, al impacto social sobre las generaciones pasadas y presentes, e incluso sobre el sentimiento hacia esa particular historia y la necesidad, más allá de la nostalgia, de contarla con el orgullo de la labor humana, de brazo, sudor y técnica, pero siempre abnegada y descomunal, para alimentar el progreso de un pueblo y de un país.

Son muchos los asturianos que, de vacaciones en Murcia, no se resisten a la llamada de La Unión y su historia minera. Desde la playa de Los Narejos, metido en el agua, miras de frente el Cordal que dibuja el principio de La Manga, un cierre natural todo ello que aísla el Mar Menor del Mediterráneo, convirtiéndolo en “tal vez”, como diría la recientemente fallecida actriz y nadadora Esther Williams en “la piscina más grandes del mundo”. Allí, desde uno de los atalayas que el Montepío brinda al mutualismo minero asturiano, se divisan varios aerogeneradores del Parque Eólico instalado sobre una de las escombreras de la antigua y árida Sierra Minera de Cartagena. Los molinillos han sido uno de los analgésicos más socorridos en Europa para las crisis postreconversión minera, por aquello del medioambiente. Y en La Unión, con la playa de Portman hecha un desastre, y sin competencia posible en la carrera por el turística con otros municipios del entorno, cualquier nueva actividad es bienvenida. Curiosamente, la de mayor repercusión nacional, y la que más recuerda al veraneante asturiano su visita pendiente a este territorio, es cultural y minero: El Festival Internacional Cante de las Minas, que en su 53 edición es todo un acontecimiento en la región de Murcia, dando a La Unión, gracias al flamenco, una proyección importante y difícil de esquivar en prensa en agosto.

Ecomuseo minero

La música de las minas invita por tanto a sumergirse en el pasado de La Unión, que en 1990 dijo adiós definitivamente a sus últimos mineros, como aviso para otras tantas zonas españolas y europeas que desde esa fecha luchan por el futuro de una actividad que, con carbón o con otros materiales, parece condenada.  Sin embargo la historia, la que podemos repasar en el Parque Minero La Unión, ecomuseo gigante que concentra y narra al visitante lo allí sucedido, nos cuenta la necesidad y por tanto la recurrencia de los distintos pueblos en acudir a nuestros suelo, a nuestras raíces, para encontrar la energía necesaria para el impulso hacia el futuro. ¿Historia cíclica tal vez?

La Sierra Minera de Cartagena y La Unión han sido un polo de atracción para los diferentes pueblos que han protagonizado la Historia de España. El territorio unionense destacó desde la Antigüedad por su riqueza en minerales de plata, plomo, cinc y hierro. Fenicios y Cartagineses establecieron en la costa murciana importantes colonias. Sin embargo, fueron los romanos quienes pusieron en marcha la explotación sistemática de las minas de La Unión. Los colonos romanos extraían los minerales de las canteras y exportaban su producción a la Península Itálica a través de la actual bahía de Portman, denominada entonces Portus Magnus, y rebautizada hace 150 años por los ingleses.

La Unión atravesaría su momento de mayor esplendor en la segunda mitad del siglo XIX y principios del siglo XX gracias a la minería y a las nuevas empresas allí asentadas con la desamortización del subsuelo de 1868. Firmas nacionales y extranjeras invirtieron en las minas de La Unión, con un efecto llamada para las gentes del campo muy similar al que se vivió en las Cuencas asturianas.

Con la llegada de inmigrantes, la población de La Unión aumentó hasta los 40.000 habitantes, siendo una de las comarcas más prosperas de una Murcia que aún no conocía sus infraestructuras antisequía y turísticas (un pequeñísimo turismo de Salud emergería poco más tarde en los puertos pesqueros de Los Alcázares y alrededores), y que tenía en la industria naval y militar de Cartagena, junto con la exportación de productos agrícolas, la gran referencia para la zona.

Una de las leyendas del Parque Minero reza: “La Sierra Minera de La Unión guarda en su interior el mineral que ha dado nombre, símbolo, vida y esperanza a la zona, pero que también ha provocado dolor y muerte”. Y es que, efectivamente, conocer esta Historia es adentrarse en la lucha titánica de cientos de generaciones por horadar y penetrar en las entrañas de la tierra para obtener la riqueza de los minerales.

Portman

Los propios cartagineses en el siglo III a.C. tuvieron la necesidad de abordar las explotaciones mineras como medio para sufragar sus campañas bélicas en la Península Ibérica y en el Mar Mediterráneo. Pero fue la villa romana de Portman (s. IV d.C.) quien pondría en la zona la primera gran estructura minera, que se mantendría hasta la decadente Edad Media, donde llegaría casi a desaparecer debido al escasísimo aprovechamiento del alumbre, del plomo y de la plata, resultando una actividad marginal, insuficiente para sustentar poblaciones de importancia.

Tras siglos postergada, la minería murciana reanudaría su camino a mediados del siglo XIX, superando incluso el antiguo esplendor romano. Las principales explotaciones quedaron localizadas en la Sierra Minera, aprovechando preferentemente las minas de plomo, zinc y hierro.

Sin embargo, las deficiencias fueron importantes, ya que a la explotación irracional y los escasos capitales se añadían el progresivo descenso de la ley en los metales (su valor comercial) y la corta reinversión de beneficios. Además, y como se cuenta en la propia web del Parque Minero “la minería llevaba consigo la sobreexplotación del obrero como lacra social”.

La ausencia de una industria siderúrgica complementaria, como la asentada en la Asturias minera, la escasa inversión en tecnología y la dependencia de los precios fijados por la Bolsa de Metales de Londres, elemento fuera del control de los empresarios asentados en La Unión, conducirían a la crisis que sucedería a la Primera Guerra Mundial.

Definir la vida diaria de un minero de finales del siglo XIX y primeros del XX es hablar de sufrimientos, soledades y peligros. Cambia la ropa de trabajo, muchas veces por el calor, semidesnudos, con pantalones cortos. En la cabeza era común ver boinas o un sencillo pañuelo anudado en sus cuatro esquinas. Los pies descalzos también eran usuales en el interior de la mina. La falta de dinero hacía que, para conservar el calzado que poseían, se lo quitaran a la hora de entrar a la mina. Al igual que en época romana, las albarcas de esparto eran el calzado más utilizado.

Debido a los largos horarios de trabajo, los mineros llevaban la comida a la mina en su ‘barjuela’ o en capazas de palma. Los alimentos eran escasos, centrándose en pan, salado (bacalao o sardinas), frito (patatas, cebolla o sangre), fruta del tiempo, ensalada con olivas partías y tocino. A esto se agregaba agua, alcohol y tabaco. Estas malas condiciones de alimentación, unidas al trabajo en la mina desde la infancia, hicieron que durante finales del siglo XIX y primeros del XX los hombres del municipio de La Unión presentaran una altura inferior a la del resto de Murcia, como se comprueba en las listas de milicianos cartageneros, ya que los reclutas provenientes de la ciudad minera: la media era de tres centímetros más baja que el resto.

La inseguridad que reinaba en el interior de las minas y las pésimas condiciones higiénicas del tipo de viviendas en el que habitaban hacían que la esperanza de vida de los mineros estuviera también por debajo de la media. Pese a comenzar la minería a cielo abierto, a partir de 1930, la seguridad en el trabajo sería una lacra que no mejoraría hasta bien avanzada la segunda mitad de siglo.

Fue a partir de los años 50 cuando se iniciaría una nueva etapa dorada en la minería de la sierra con la recuperación y crecimiento de la actividad. Este impulso vino producido por la implantación de nuevas técnicas, que permitieron el aprovechamiento de la riqueza mineral gracias a la explotación de canteras o cortas a cielo abierto y la separación del mineral a través de lavaderos por flotación diferencial.

Paisaje contraste con el mar y los residenciales

La degradación del terreno durante esos años fue mayor, con una explotación directa, priorizando rendimiento sobre sostenibilidad futura. Hoy, esos suelos, bien podrían utilizarse para el rodaje de películas del espacio: La Luna o Marte, con la ensordecedora chicharra de banda sonora, a 40 grados en verano.

Los ecos de la crisis de los 80 llegarían a La Unión, esta vez ocasionada por el descenso de la demanda y la caída de los precios de cotización de los metales, que obligarían al cese de las actividades y al cierre de las últimas minas, un proceso coincidente con las fuertes protestas mineras en Reino Unido, y con el comienzo de la reconversión en Asturias. En los albores de 1990, Murcia y La Unión se despediría de sus últimos mineros, a los que desde su coqueto y rehabilitado mercado de abastos, convertido en salón cultural, canta cada verano, recordando las coplas flamencas con las que trataban de hacer más llevadera la ardua tarea en las minas:

La noche es mi compañera
cuando mi farol no alumbra
porque el sol se queda fuera
de la galería profunda
donde nace La-Minera.

Tempranito me levanto
como minerico bueno
Y preparo mi barreno
mientras lo preparo canto
y no pienso en lo que peno.

Cuando yo cobre en la mina
te voy a comprar un refajo
y una falda de azulina
que te asome por debajo
tres palmos de azulina.

Cuando Pencho Cros* se muera
de luto estará La Unión
porque en su sierra minera
se habrá agotado el filón
de los cantes con solera.

*Fulgencio “Pencho” Cros Aguirre (La Unión 1925/ Cartagena 2007) fue el último minero “gran cantaor” de La Unión. Antes fue también aprendiz de fragua, alpargatero y mecánico de buques, pero dándole al martillo, al palanquín o la llave inglesa nunca dejó de cantar. Tuvo 10 hijos y pese a su humildad, es uno de los personajes más ilustres de la historia de La Unión, demostración palpable del cuño obrero de este municipio. Incluso en sus últimos años, enfermo, Pencho, ganador por tres veces de la prestigiosa Lámpara Minera de La Unión, tarareaba por lo bajinis su canción minera favorita: Vi un minero en la cantina/Con muchos conocimientos./Que el que trabaja en la mina /Conoce el mundo por dentro/Y lo demás, lo adivina.

El festival internacional del Cante de las Minas se lleva a cabo en su plaza mercado.

La Carretera 33, un paseo por la historia

Desde la Mina Agrupa Vicenta a Las Matildes, pasando por Portman, recorremos desde las primeras colonias mineras de los cartagineses y romanos a la explotación y destrucción salvaje del medioambiente en pleno siglo XX

Como ocurriera en otras zonas mineras españolas (pirineo catalán, Teruel, León, Palencia…) a comienzos de este siglo, La Unión puso su interés en marcha un proyecto que divulgase su pasado minero. Organismos internacionales de la minería, como los británicos “Shropshire Caving and Mining Club” acudieron a constatar y divulgar (en parte esta en su propia historia por la nacionalidad de algunas de estas empresas) el vasto patrimonio de época antigua y moderna de minas.

Todo recorrido debe tener como primer lugar de asistencia el Parque Minero al que se accede por la emblemática Carretera 33, hacia el centro de Interpretación de la Mina Las Matildes, donde la Fundación Sierra Minera conserva y expone una mina, sus edificaciones y equipamiento. Siguiendo el trazado encontraremos la enorme corta Brunita, una cantera a cielo abierto de zinc, a la que siguen pintorescos vestigios en la Rambla del Avenque. En la Mina El Laberinto, un túnel conduce hasta otra explotación bautizada, como tantas en Asturias, con nombre de mujer: la Obdulia. La visita natural nos lleva posteriormente, a Portman, la pedanía costera de La Unión, donde se encuentra el antiguo embarcadero, completamente aislado del mar por los residuos mineros que colmatan la bahía, y explorar parte del enorme complejo del Lavadero Roberto. La bahía de Portman (cuya importancia queda reseñada desde en crónicas romanas –Portus Magnus- a árabes –Puerto de Burtuman El Grande- a los ejércitos castellanos –Porte Mayn-)  ha pasado a la historia de los desastres medioambientales europeos: la empresa multinacional francesa Peñarroya, quiso reducir costes arrojando los estériles de sus lavaderos directamente al mar. Lo hizo desde 1950, permiso que le fue denegado en 1954 y 1957, cuando ya era evidente la toxicidad de los vertidos y la turbidez del agua, con la consiguiente pérdida de recursos pesqueros.

La Unión fue desprovista de la alternativa del turismo

Sin embargo, en enero de 1958 las autoridades cambian de opinión y vuelven a permitirnos con condiciones que se incumplen sistemáticamente. Un litigio ecologista de los más antiguos de nuestro país, que se mantiene durante décadas, mezclándose oscuros movimientos políticos y empresariales, con decisiones judiciales reprochables, todo ello en los años 60 y 70, con el desarrollo turístico de La Manga y Cabo Palos con su puerto deportivo en la parte posterior del conflicto, liderado por el Ayuntamiento de La Unión, con el apoyo más o menos efectivo de algunos órganos que veían la magnitud del desastre.

El alcalde de La Unión llegó a desafiar al status quo reinante –toda una multinacional francesa- en pleno franquismo enviando un escrito al gobernador provincial advirtiendo de la total desaparición de ese pueblo minero y pesquero, y del futuro que se privaría al Municipio apartándolo del incipiente turismo, único recurso que habría de quedar cuando, al cabo de no muchos años, se agotasen los yacimientos explotados por Peñarroya. Unas protestas proféticas. Con la llegada de la democracia, la polémica volvió a encenderse.  Pero nuevamente las “presiones” consiguieron silenciar el asunto, pese a que muchos políticos de la zona llevaron en sus programas la lucha por la recuperación de esta bahía. Pero incluso así, en 1978, la firma obtuvo los permisos para aumentar el volumen de vertidos y que entonces se conocía con total precisión la elevada toxicidad de los estériles arrojados, tanto por la alta concentración de metales pesados (cadmio, plomo), como por la presencia de productos muy tóxicos usados en el lavado del mineral (sulfato de cobre, cianuro sódico, sulfato de cinc, ácido sulfúrico, entre otros). La internacionalización de esta escombrera marina, que acabó con una de las más bellas bahías mediterráneas de la zona, llegó en 1986, cuando Greenpeace realiza una espectacular acción de gran repercusión mediática, encadenándose algunos de sus miembros a las tuberías de vertido. La acción llegaba demasiado tarde. La minería ya estaba en crisis y capa caída y Peñarroya ya busca una salida mercenaria de la zona. En medio de una negociación, la empresa da la espantada y cede todos sus derechos mineros y propiedades a la empresa turística Portman Golf y desaparece de la escena. Se da la paradoja de que a partir de este momento, Portman Golf convierte en un vergel la parte de la ladera que mira a La Manga, y para la otra se pone en cola con los activistas para reclamar al Estado que actúe y recupere con fondos públicos la bahía, como un perjudicado más. Fue con el Gobierno de Zapatero cuando llegó la aprobación definitiva de un proyecto, a nivel nacional y europeo, de recuperación, que se activa en 2011 con 79,4 millones de euros gestionados por Ministerio de Medio Ambiente encabezado por Rosa Aguilar. Pero tras el cambio de gobierno, y con la crisis, se produce una desistimiento del proceso de contratación desde el Ministerio de Agricultura, Agua y medio Ambiente, lo que viene a dejar las reclamaciones de la pedanía en un punto muerto.

Más allá de Portman, un lugar muy particular, que invita a la reflexión, con una historia tantas veces repetida en las comarcas mineras, seguimos la Carretera del 33 que nos llevará a la mina subterránea Agrupa Vicenta, centro neurálgico para los visitantes: Serpenteando la sierra, descubrimos minas de época romana y moderna, incluyendo los hornos de calcinación de manganeso. En la corta Emilia, consiguen acceso para ver el único malacate (o winche, como se le conoce en Asturias) que queda en pie en la Sierra. El Cabezo Rajao nos encontramos con los pozos de máxima profundidad, a 450 metros, bonitos castilletes metálicos, ascensores (jaulas) con cuerda plana y una planta de trituración con 40 celdas de flotación en madera y molino de bolas. La cercana mina La Ocasión conserva en muy buen estado las dos cuerdas planas que mueven su jaula. Y en El Lirio, los niveles donde la bocamina se entiba con madera conducen a estupendos establos subterráneos. En los laterales del acceso al túnel “José Maestre” se encuentran varias vagonetas y dos locomotoras. La Parreta también constituye una impresionante colección de moliendas incluyendo el Lavadero San Ignacio. Pero en los 80 ya eran historia como centros de trabajo. Un cuarto de siglo pasa pronto, pero conviene no olvidar. En resumidas cuentas, una visita que no deja indiferente a todos aquellos amantes de la historia minera e industrial de nuestro país, tan distante de la nuestra, y a la vez tan cercana.

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